Empezamos a mirar los relojes  
Fragmento del capítulo «Empezamos a mirar los relojes» de la novela Fuga de los Estados de Alfredo Becerra.

    Una noche, en el cementerio, Lobos preguntó si también íbamos a matar a los soldados amigos. Inocencio, por ejemplo. Le decimos muerto sos y se tira al suelo, podemos pegarle para que crean que se resistió.

    - No creo que se resista -dijo Sierra- Fue y dijo: "Mi teniente, soy puto y me voy". "¿Cómo lo sabe?", dijo el teniente. "Me di cuenta solo". "Quédese, no quiero más desertores".

    - O Bonifacio, todavía convaleciente. No sabe qué hacer. Aún está ofuscado mascullando su venganza, no sabe cómo y contra quién dirigirla. No podía ir solo contra todos, creyó que todos estaban contra él. Los penados lo fueron a ver luego que Marcial le dio carrera de baqueta. Lo encontraron con la frente arrugada, pensando y silbando bajito. "¡Fuera gusanos, aún tienen ganas de burlarse!", dijo.

    - ¿Por qué lo castigó? -preguntó Tejada, siempre absorto en sus tallas.

    - Cantando estábamos, viendo películas -dijo Murillo- algunos bostezaban, Melitón se durmió, eran vistas mudas, no andaba el fonógrafo, golpeaban las latas. Bebimos un poquitín, siempre se consigue alcohol, caña de Paraguay, pisco de Perú, coca de Bolivia, bálsamo de Tolú de Colombia, el aire impregnado de emanaciones espirituosas. Pasaron una película de guerra: Arresto de un espía boer, la ejecución del mismo, ataque a una batería inglesa por los boers y toma de un cañón, una escaramuza en Glencoe, asalto de una columna cerca de Glencoe, toma de una posesión boer cerca de Mafeking, los boers se apoderan de un cañón inglés, explosión de un cañón, episodio de la batalla de Modder River, mujeres boers en el campo de batalla.

    "Haz que reine el amor en la tierra, que huya la guerra, que resuene el canto". Saturnino Mejías cantaba 'las olivas sagradas', encantador con su voz suavizada, redondito, con tetitas, lo que lo hacía más sabroso, especialmente en bolas, sin bolas. "Me desperté pensando en vos, Sat". "Lo supe al ver tu pija, Meli".

    Roldán le sacó los calzoncillos. "De este huevo ¡ay dolor! tan singular, brotó tanta leche que blanqueó el mar. Goza ahora de tus nalgas bellas para envidia del mundo y las estrellas". "Me castraron en 1762 para contralto en Orfeo". "¿A ver? -dijo Lobos- ¿Vieron? Ya decía yo que tenía erección". "La sencillez y la verdad son los grandes principios de la belleza", dijo Saturnino López. "¿De verdad te violaron para asustarme cuando llegué? Decime la verdad López, o me harás sentir culpable de tu destino".

    "Lo cojimos en el regimiento cuando cepillábamos los caballos, ninguno con tanta prolijidad como él -dijo uno- Saturnino lavaba el de Justino, caballo nuevo y parejito, algo criticado por su pelo verde, decían que no había overos verdes, pero al ver ese caballo daban ganas de ser yegua. Se pajeaba golpeándose la verga contra la panza, le ponían una cincha con tachuelas para que no se pajee, se debilitan los padrillos al pajearse. Los otros eran capones, se les para de vez en cuando. Nos parábamos a verlo. Mirá Saturnino, cómo se puso el potro, le decíamos y al pendejito se le abría la nariz".

    "Siempre hay una primera vez". "Ya hacía dos años que Justino se lo cojía a Saturnino, pero no lo sabíamos. ¿No es cierto que es un chico lindo de ver?". "Si vos no me cojías, igual lo hubieran hecho los otros".

    Bonifacio bailaba saltando como los onas, Lobos y Chavón saltaban a su lado desnudos y pintados como él. Detrás bailaba Teófilo poniéndole un collar a Jacinto. Un marinero preguntó si era cierto que Chavón tenía la verga tatuada. Pasaron la película de Evaristo, titilando como luciérnaga entre sapos: El soldado Sosa en capilla: En el Campo de Mayo. Vista de la carpa capilla ocupada por el reo. El general Benavídez visitando en traje de paisano a Sosa. Llegada de escuadrones designados para formar el cuadro. La notificación del indulto. Un periodista hablando con el reo.

    "Te ha visto todo el mundo Evaristo, ¿qué me decís?". "El viento de la cañada traía gusto a tierra mojada, el sol daba de lleno en la copa de un árbol, ah, si yo no fuera a morir, si pudiera recomenzar la vida, qué infinito, haría de cada minuto un siglo, no dejaría perder nada, no derrocharía el más leve segundo, vivir aunque sea para ver nada más que el reflejo del sol en las ramas, la hora huía e iba a morir desesperado, me pareció sentir abrirse la tranquera, llegaba Floria y caía en mis brazos, sus dulces besos y suaves caricias, nunca amé tanto la vida, ¡amé tanto la vida!". ¿Qué tal?. "Sonó el clarín y me notificaron el indulto, el presidente de la república me concedía la gracia de la vida, besé al general Benavídez, al periodista y a Floria. Después mi esposa adjuntó la cinta a la demanda de divorcio, la prensa creyó que era Floria". ¿Por qué le habrán puesto periodistas?.

    - Abreviá, Murillo, que en cualquier momento cae la ronda.

    - Cantando estábamos, bailando al son de los fulgores, cuando irrumpieron los oficiales. "¡Atención! gritó Chavón poniéndose el gorro en la pija. "Estos borrachos ¡ay dolor! pintados de indios, ha poco estaban salvando náufragos", dijo el alférez Telesio. Después recordó que los indios se pintaban a rayas como los presidiarios. "¡Al agua carrera mar!", gritó el teniente Higinio. Y todos a correr en el estado en que nos encontrábamos. Varios lograron escabullirse. Nos zambullimos en el agua helada y se fueron los oficiales, les gustaba vernos temblar. El sargento Marcial nos mandó salir y se la agarró con los soldados. "Está visto que los soldados no tienen honor alguno y sólo el miedo al castigo puede hacer funcionar un ejército -dijo- Un pito carrera mar, dos pitos cuerpo a tierra. "Nos premiaron por caparlos y nos castigan por cojerlos", susurró Cirilo. Bonifacio sonrió, Marcial lo vio y le ordenó correr. "Nadie se ríe de mí", dijo. "No sé por qué piensas tú, sargento, que me reí de vos", dijo Bonifacio.

    Vaya a saber que resorte le tocó eso. Ahí nomás le hizo hacer carrera de baquetas, ordenó formar en dos hileras a los soldados y Bonifacio corrió entre las filas mientras le pegaban, lo tumbaban al suelo, se levantaba y volvía a correr, y al suelo y a correr. Los marineros no podían creer lo que veían, aún estaba mojada el agua que lanzó Marcial cuando lo rescató Bonifacio. Una vuelta, al regresar de Año Nuevo, Marcial se cayó del bote, Bonifacio se arrojó al agua y lo salvó.



     Más información