SINOPSIS:
Lucía, una joven camarera de un céntrico restaurante madrileño,
se refugia en una tranquila y despejada isla del Mediterráneo
al enterarse de la desaparición de su novio, un escritor con
el que lleva viviendo seis años. Allí, en medio de una
atmósfera resplandeciente, tan sólo expuesta al aire libre
y al sol, Lucía comienza a descubrir los rincones más
turbios de su pasado en pareja, como si fueran pasajes prohibidos de
una novela que ahora el autor, desde la distancia, le permitiera leer.
OPINIÓN
(por Sacha Azcona): Una gozada. Eso y más se puede
decir del último trabajo de Julio Médem. La poesía
visual y narrativa que Médem desbordó en "Vacas"
y "Tierra" se multiplica por 100 en esta maravilla de película
que, en contra de lo que se podría suponer, al abordar el sexo
de una manera explícita lo hace con un ritmo tan perfecto, con
una fotografía tan cuidad y una narración tan libre pero
tan exacta, que hacen que la pornografía se vuelva un erotismo
tan elegante como el que mostró Gus Van Sant en "Mi Idaho
Privado". Algunas tramas y diálogos pueden resultar poco
creíbles, pero así es Médem. Él no muestra
historias descarnadas y verdaderas, sino cuentos, cuentos realistas
con un toque onírico y mágico. De ahí que cuando
uno va a ver una peli de Médem tiene que dejarse llevar y no
buscar el realismo puro y duro, como si de un reportaje de Documentos
Tv se tratara. Sorprende de esta película la actuación
de Najwa Nimri, que por fin sale de su papel de
chica introvertida y difícil de voz susurrante y del que parecía
que no iba a salir nunca (un registro que, eso sí, le salió
bordado en "Salto al Vacío" y "Abre los ojos",
pero que no servía para "Pasajes" ni para "Los
amantes del círculo polar"). Paz Vega está dirigida
de lujo, y se sale del registro de chica tontita de la serie "7
vidas". Tristán Ulloa, aunque un pelín frío,
está tan bien envuelto por la fotografía, el guión
y los compañeros de reparto que ni se notan los defectos. Elena
Anaya se come la pantalla: Atención a la escena en que mimetiza
los movimientos de una peli porno. En fin, que se puede hablar de esta
peli horas y horas porque le ha salido redonda al señor Médem.
Es una gozada que con el aluvión de bichos transgénicos
-- monos, gorilas, perros, gatos y dinosaurios-- que nos están
invadiendo este verano llegue alguien con una camarita digital y 6 actores
y nos traiga una de las mejores películas que ha dado el cine
español en los últimos años. Ah, y nada de verla
en video ni DVD: Esta es una peli para verla en cine, de los de pantalla
grande y buenas butacas. Estáis avisados. Sacha
Azcona
OPINIÓN
(por Alberto Peyrano): Después de "Vacas",
"La ardilla roja", "Tierra" y "Los amantes
del círculo polar", regresa el director vasco Julio Medem
con su quinto producto, "Lucía y el sexo".
Apreciado por su creatividad y su profundidad por el público
y la crítica argentinos, ampliamente galardonado a lo largo de
toda su trayectoria con importantes premios internacionales, Medem vuelve
a hacer hincapié en la confrontación del ser humano con
su dualidad interior, por otro lado condición sine qua nom de
todo lo que existe en la Creación. La vida y la muerte, la creatividad
y la mediocridad, el sexo y el espíritu, la verdad y el engaño,
el pasado y el presente, son temas que se pasean a lo largo de las dos
horas de proyección y que van envolviendo al espectador disparando
sus resortes internos. La identificación movilizadora que Medem
logra de los distintos planos emocionales, a través de flashbacks
y ensoñaciones, penetran hábilmente en la sensibilidad
del espectador.
La historia no es nada fácil, su desarrollo es complicado y hay
que estar muy alerta en los detalles para llegar al final esclarecedor.
Lucía, ante la noticia de la muerte de su novio, Lorenzo, emprende
un viaje hacia una isla en busca de su propio destino. Entre el ayer
y el hoy, la pantalla es ocupada por una contrastante gama de personajes
que van entrelazando sus historias. Todo se desenvuelve con imágenes
reales que alternan con las oníricas, personas de la vida cotidiana
que se mixturan con personajes de ficción. Pero el nudo central
del film es la relación de pareja y el sexo, veraz o fantaseado,
liberador o culpógeno, motivador de vida o dador de muerte.
Quien haya visto "Los amantes del círculo polar" puede
esperar una secuencia continuadora en Lucía, pero dirigida hacia
la otra polaridad. Si en aquélla todo transcurre de la vida hacia
la muerte, aquí se da todo lo contrario pues la protagonista
huye de la muerte hacia la vida, cargada con una mochila de recuerdos
y un enigma a desentrañar. Y si aquel final era amargo y cruel,
éste es bello y diafano, equilibrador y feliz.
Paz Vega, bien dirigida y resuelta, compone una Lucía tierna
y creíble, que puede navegar perfectamente por los ríos
placenteros de la genitalia, por los tormentos del dolor ante la fatalidad,
por el compromiso que asume ante sí misma de rescatarse y vivir.
Tristán Ulloa es Lorenzo, el novio escritor, quien resuelve sus
inseguridades actorales con mohines o caritas, da como resultado un
personaje lavado, desleído, no convincente. Pero volvemos a encontrarnos
nuevamente con la dulzura de Najwa Nimri, quien protagonizara "Los
Amantes del Círculo Polar", esta vez personificando a Elena,
lo más logrado de la película por su madurez actoral y
por su indudable trabajo interno para poder transmitir perfectamente
el mundo íntimo de esa mujer que es principio y fin y pieza clave
de toda la historia. Mención especial merece Elena Anaya quien
expone un personaje comprometido y difícil pero elaborado con
genialidad.
El film desarrolla una buena cuota de simbolismo (el secreto del sol
y la luna, el mar, las profundidades, la isla flotante, el faro, el
agujero en la playa) y su título se refiere al sexo y es precisamente
la sexualidad la disparadora de situaciones que alejan a los protagonistas
uno de otro al liberar las fantasías inconcientes de lo prohibido,
de lo no permitido, de lo transgresor, pero que al mismo tiempo vuelve
a reunirlos con nuevas cargas y motivaciones en una suerte de movimiento
respiratorio que va sosteniendo el clima de toda la película.
La fotografía es impactante por el uso de los claroscuros, los
contraluces y las sobreexposiciones, con un hábil manejo de cámara
y composiciones digitales que permiten lograr los climas buscados y
que expresan perfectamente el vuelo poético del director, quien
además es autor del guión. No obstante, hay una sobrecarga
en las escenas de sexo explícito pues son precisamente éstas
las partes densas de la película, que a veces exponen a los personajes
al ridículo o a la exageración, por lo cual Medem debiera
cuidar cargar menos las tintas en este aspecto que contrasta con la
sutileza del resto de las imágenes y la delicadeza con que ha
tratado a sus personajes desde la profundidad de cada uno, por otro
lado su punto característico a lo largo de su trayectoria. No
obstante, la genitalidad expuesta forma parte también del tema
de la dualidad expresado más arriba, sólo que hay formas
más artísticas de encararlo.
La música de Alberto Iglesias, muy acertada, bella, sin golpes
bajos ni efectismos, es fondo adecuado para los distintos mares internos
de los personajes. Alberto
Peyrano
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