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candidato a miembro de

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Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno
florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los
cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de
rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y
pasearás contigo. Te regalan no lo saben, lo terrible es que no lo saben, te
regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu
cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose
de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de
darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora
exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio
telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al
suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las
otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan
un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj
con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se
abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo
como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la
tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo
latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo
alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre
de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos
antes y comprendemos que ya no importa.

Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la
siguiente forma: Luego de fijado el
recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo
colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: «Excursión a
Quilmes», o: «Frank Sinatra».
Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los
recuerdos sueltos por la casa, entre
alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con
suavidad y le dicen: «No vayas a lastimarte», y también: «Cuidado con los escalones.»
Es por eso que las casas de los famas son
ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay una gran bulla y puertas que
golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza
comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.
é

Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de
tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la
ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.
Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden a escucharlo
aunque no comprenden mucho su
arrebato y en general se muestran algo escandalizados. En medio del corro el cronopio
levanta sus bracitos como si sostuviera el sol, como si el cielo fuera una bandeja y el
sol la cabeza del Bautista, de modo que la canción del cronopio es Salomé desnuda
danzando para los famas y las esperanzas que están ahí boquiabiertos y preguntándose si
el señor cura, si las conveniencias. Pero como en el fondo son buenos (los famas son
buenos y las esperanzas bobas), acaban aplaudiendo al cronopio, que se recobra
sobresaltado, mira en torno y se pone también a aplaudir, pobrecito.

Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa
de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle.
Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.

Como los escribas continuarán, los pocos lectores que en el mundo había
van a cambiar de oficio y se pondrán también de escribas. Cada vez más los países
serán de escribas y de fábricas de papel y tinta, los escribas de día y las máquinas
de noche para imprimir el trabajo de los escribas. Primero las bibliotecas desbordarán de
las casas, entonces las municipalidades deciden (ya estamos en la cosa) sacrificar los
terrenos de juegos infantiles para ampliar las bibliotecas. Después ceden los teatros,
las maternidades, los mataderos, las cantinas, los hospitales. Los pobres aprovechan los
libros como ladrillos, los pegan con cemento y hacen paredes de libros y viven en cabañas
de libros. Entonces pasa que los libros rebasan las ciudades y entran en los campos, van
aplastando los trigales y los campos de girasol, apenas si la dirección de vialidad
consigue que las rutas queden despejadas entre dos altísimas paredes de libros. A veces
una pared cede y hay espantosas catástrofes automovilísticas. Los escribas trabajan sin
tregua porque la humanidad respeta las vocaciones, y los impresores legan ya a orillas del
mar. El presidente de la república habla por teléfono con los presidentes de las
repúblicas, y propone inteligentemente precipitar al mar el sobrante de libros, lo cual
se cumple al mismo tiempo en todas las costas del mundo. Así los escribas siberianos ven
sus impresos precipitados al mar glacial, y los escribas indonesios etcétera. Esto
permite a los escribas aumentar su producción, porque en la tierra vuelve a haber espacio
para almacenar sus libros. No piensan que el mar tiene fondo, y que en el fondo del mar
empiezan a amontonarse los impresos, primero en forma de pasta aglutinante, después en
forma de pasta consolidante, y por fin como un piso resistente aunque viscoso que sube
diariamente algunos metros y que terminará por llegar a la superficie. Entonces muchas
aguas invaden muchas tierras, se produce una nueva distribución de continentes y
océanos, y presidentes de diversas repúblicas son sustituidos por lagos y penínsulas,
presidentes de otras repúblicas ven abrirse inmensos territorios a sus ambiciones
etcétera. El agua marina, puesta con tanta violencia a expandirse, se evapora más que
antes, o busca reposo mesclándose con los impresos para formar la pasta
aglutinante, al punto que un día los capitanes de los barcos de las grandes rutas
advierten que los barcos avanzan lentamente, de treinta nudos bajan a veinte, a quince, y
los motores jadean y las hélices se deforman. Por fin todos los barcos se detienen en
distintos puntos de los mares, atrapados por la pasta, y los escribas del mundo entero
escriben millares de impresos explicando el fenómeno y llenos de una gran alegría. Los
presidentes y los capitanes deciden convertir los barcos en islas y casinos, el público
va a pie sobre los mares de cartón a las islas y casinos donde orquestas típicas y
características amenizan el ambiente climatizado y se baila hasta avanzadas horas de la
madrugada. Nuevos impresos se amontonan a orillas del mar, pero es imposible meterlos en
la pasta, y así crecen murallas de impresos y nacen montañas a orillas de los antiguos
mares. Los escribas comprenden que las fábricas de papel y tinta van a quebrar, y
escriben con letra cada vez más menuda, aprovechando hasta los rincones más
imperceptibles de cada papel. Cuando se termina la tinta escriben con lápiz etcétera; al
terminarse el papel escriben en tablas y baldosas etcétera. Empieza a difundirse la
costumbre de intercalar un texto en otro para aprovechar las entrelíneas, o se borra con
hojas de afeitar las letras impresas para usar de nuevo el papel. Los escribas trabajan
lentamente, pero su número es tan inmenso que los impresos separan ya por completo las
tierras de los lechos de los antiguos mares. En la tierra vive precariamente la raza de
los escribas, condenada a extinguirse, y en le mar están las islas y los casinos o sea
los transatlánticos donde se han refugiado los presidentes de las repúblicas, y donde se
celebran grandes fiestas y se cambian mensajes de isla a isla, de presidente a presidente,
y de capitán a capitán.
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Tomado de:
Julio Cortázar, Narraciones y poemas, Palabra de esta América, Casa de las Américas, La
Habana, 1978.

Eduardo Galeano
Hace un cuarto de siglo, quise viajar a los Estados Unidos por primera vez.
Fui al consulado, pedí la visa. El formulario preguntaba, entre otras cosas: ? Se propone
usted asesinar al presidente de los Estados Unidos de América? Yo era tan modesto que ni
siquiera me proponía asesinar al Presidente del Uruguay; pero respondí: si. Estaba
seguro de que la pregunta era una broma, inspirada por mis maestros Ambrose Bierce y Mark
Twain.
El consulado me negó la visa. Mi respuesta era una mala respuesta. Yo no había
entendido.Y han pasado los años y, la verdad sea dicha. Sigo sin entender. Discúlpenme
ustedes, por favor. Estoy confundiendo esta convención de libreros norteamericanos con un
confesionario de mi infancia católica. Pero, ?ante quien podría confesarse un escritor,
mejor que ante un librero? Y para muchos pecados, ?no se requieren acaso muchos libreros?
Cada mañana, para empezar el día, desayuno noticias. En los diarios leo, por ejemplo,
los frecuentes escándalos que acosan a los candidatos presidenciales.Y confieso que no
consigo entender por que los políticos norteamericanos son malos si tiene amores con
bellas mujeres inofensivas, y en cambio son buenos si tienen amores con las grandes
empresas que venden armas o veneno.
O leo sobre el envío de militares norteamericanos para luchar contra las plantaciones
de droga en América Latina. Y no hay caso, no me entra en la cabeza por que son malos los
países que producen drogas, y malas las personas que consumen drogas, y en cambio es
bueno el modo de vida que genera la necesidad de consumirlas.
En las páginas de economía, leo que los Estados Unidos han importando 35.292
corpiños mexicanos durante 1991. Ni un corpiño mas, porque a 35.292 llegaba la cuota de
corpiños autorizada por el gobierno.. y entonces, ni modo: no entiendo por que las
barreras proteccionistas y los subsidios son buenos en los Estados unidos, y en cambio son
malos en América Latina.
Neblinas del Bien y el Mal. En la prensa norteamericana veo los avisos que exhortan a
comprar productos nacionales, Buy american, y entonces tampoco entiendo por que son malos
los productos japoneses que invaden el mercado norteamericano, y en cambio son buenos los
productos norteamericanos que invaden América Latina.
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Y no solo los productos: Imaginemos que los marines de México invaden Los Ángeles,
para proteger a los mexicanos amenazados por los reciente disturbios. ?Bueno o malo?
Y hasta me pregunto: ?Y yo mismo? ?Soy bueno, yo? ?O soy malo? Me atormentan las dudas
sobre mi identidad: dudas muy de nosotros, los escritores, bien lo se. Para nadie es un
misterio que los escritores tenemos el alma condenada al infierno de la angustia
incesante: en el centro de ese hervidero, nuevas dudas responden a cada certeza y nuevas
preguntas responden a cada pregunta. Pero mi angustia se multiplica en este fin de siglo,
fin de milenio, porque yo también se que los Estados Unidos andan en busca de nuevos
malos que combatir.
Nostalgias del Imperio del Mal: allá en el Este, los malos se han convertido en
buenos, y el resto del mundo esta siendo dramáticamente incapaz de producir los malos que
el mercado militar demanda con urgencia. Yo todavía no entiendo por que eran malos los
soldados de Irak cuando se apoderaban de Kuwait, y en cambio eran buenos los marines
cuando se apoderaban de Granada o Panamá; pero hay que tener en cuenta que Saddam
Hussein, que fue bueno hasta fines de 1990, viene siendo malo desde principios de 1991.
Evidentemente, un solo malo no alcanza. Siempre se puede echar mano a los malos de larga
duración, como Muammar Khaddafi o Fidel Castro; pero hay que reconocer que la oferta es
pobre. Confidencialmente confieso,y lo confieso con todas las letras, por difícil que me
resulte: si, es verdad, si: yo no se manejar automóviles, no tengo computadora, nunca fui
al psicoanalista, escribo a mano, no me gusta la tele y jamás he visto a las tortugas
Ninja.
Y mas, todavía: mi cabeza es calva y de izquierda Vanos han resultado todos mis
esfuerzos para que el pelo brote en mi desnudo cráneo y para corregir mi tendencia a
pensar zurdamente. Hasta hace pocos años, en las escuelas ataban la mano izquierda de los
niños zurdos, para obligarlos a escribir con la mano; y parece que eso daba buenos
resultados. Para obligar a los adultos a pensar derechamente, las dictaduras militares
usan terapias de sangre y fuego y las democracias usan la televisión. A mi me han hecho
probar ambas medicinas; y no hubo caso.
Admito que tengo, por ejemplo, una incapacidad biológica para percibir las virtudes de
la libertad del dinero. A fines del año pasado, pongamos por caso, yo estaba con mi mujer
en la mitad de un largo viaje, cuando quebró Pan American. Ella y yo nos quedamos
literalmente en el aire y sin avión.Tuvimos que pedir dinero prestado a unos amigos, y
entonces yo interprete el episodio según mi limitada visión de las cosas: creí que la
mano invisible del mercado me había robado dos pasajes.
Debo reconocer que me equivoque. Ya no tengo ninguna esperanza de recuperar ni un
centavo; pero ahora me doy cuenta de que Dios me hizo un favor. Astutamente, el Altísimo
utilizo ese sutil procedimiento para convencerme de que no se puede andar por el mundo sin
tarjeta de crédito.
Yo no tenía. Lo confieso. Hasta hace poco, mi natural inclinación al Mal me impedía
esta felicidad. Yo creía que la tarjeta de crédito eran una trampa mas de la sociedad de
consumo. Creía que los habitantes de las grandes ciudades modernas padecen la esclavitud
por deudas, tanto como los indios de Guatemala en las plantaciones de algodón o de café.
Ahora se ha descorrido el velo que cubría mis ojo, y veo: nadie es, sino es digno de
crédito. Ahora, yo soy. Debo, luego soy.
Pero la duda, porfiada sombra, vuelve al asalto. A mi cabeza se le da por pensar que mi
país también debe, y que cuanto mas paga, mas debe. Y cuanto mas debe, menos lo gobierna
el gobierno y mas lo gobiernan los acreedores. Y sin embargo los Estados Unidos, que deben
mucho mas que toda América Latina junta, no aceptan condiciones, sino que las imponen.
?Será que es malo deber poco, y en cambio es bueno deber muchísimo?
Dudas, dudas. Ay tantas dudas sobre mi propio trabajo! Me pregunto: ?Tendrá todavía
destino la literatura, en este mundo donde todos los niños de cinco años son ingenieros
electrónicos? Y quisiera responder-me: Quizás el modo de vida de nuestro tiempo no
resulte demasiado bueno para la gente, ni para la naturaleza; pero es sin duda muy bueno
para la industria farmacéutica. ?Por que no podría ser también muy bueno para la
industria literaria? Todo depende del producto que se ofrezca, que ha de ser
tranquilizante como el valium y brilloso y light como un show de la tele: que ayude a no
pensar con riesgo ni a sentir con locura, que evite los sueños peligrosos y que sobre
todo evite la tentación de vivirlo.
Pero ocurre que es es exactamente la literatura que no soy capaz de escribir ni de
leer. Condenado a la impotencia no puedo escribir ni leer palabras neutrales. Y aunque
hago todo lo posible, no consigo parar de creer que estos tiempos de resignación,
desprestigio de la pasión humana y arrepentimiento del humano compromiso, son nuestro
desafío pero no son nuestro destino.
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Palabras pronunciadas por Eduardo Galeano ante la reunión anual de los libreros de
los Estados Unidos, American Booksellers Association. Publicado en el Papel Literario de
EL NACIONAL
Caracas 18/10/92

Jorge Cortázar
(Entrevista realizada el 24 de mayo de 1983)
Deshoras, ¿con qué libro suyo anterior puede
emparentarse más?
- Me resulta difícil establecer o hacer así rápidamente un análisis mental de todos
mis libros de cuentos anteriores. Yo tengo la impresión de que este libro simplemente
agrega una serie de cuentos a una cantidad ya bastante crecida y que abarca más de
treinta años de trabajo, es decir, ese tipo de cuentos que me son naturales, por así
decirlo, o sea cuentos donde el elemento fantástico se hace casi siempre presente, no
siempre, pero casi siempre son cuentos donde todo lo latinoamericano está también muy
presente no sólo en el lenguaje sino en la temática, y concretamente hay dos cuentos que
se desarrollan en la Argentina. O sea que en realidad yo no diría que hay la menor
ruptura en la serie.
- Si no hay ruptura, ¿hay en estos cuentos alguna nueva
aportación en el plano técnico o en el temático?
- Parecería un poco inmodesto contestar afirmativamente, pero yo no tengo, en todo
caso, ninguna falsa modestia. O sea, tengo la impresión de que si continúo escribiendo
cuentos, esos cuentos no son repetitivos, o sea, que es un nuevo paso en algún sentido, a
veces tal vez sea un paso hacia adelante, a veces puede ser una bifurcación hacia algún
lado donde me parece que hay todavía posibilidades que yo mismo no he indagado, que no he
explorado.. Si no fuese así no tendría ningún interés, ninguna curiosidad por escribir
cuentos. De modo que digamos que sí, que pienso que ahí debe haber alguna aportación,
pero es a los críticos y a los lectores a quienes les toca decirlo
- De estos ocho cuentos de su libro Deshoras, ¿qué
cuento es más de su preferencia? ¿A qué cuento le tiene usted más apego, más cariño?
- Es difícil elegir un cuento. Puede haber un cuento que me interesa por la forma en
que lo he escrito, es decir, ese combate que el escritor lucha consigo mismo para
finalmente obtener algún resultado literario, pero también podría citar algún cuento
en donde lo que me interesa es sobre todo la temática. Entonces, empezando por la
temática, un cuento como Pesadillas, para mí cuenta mucho porque significa mucho,
porque me parece una especie de resumen alegórico, si usted quiere, de la situación que
se ha vivido en la Argentina en los últimos años. Ahora, si se trata ya del lado
exclusivamente literario, a mí me interesa personalmente el último cuento, ese que se
llama Diario para un cuento, porque es una especie de combate conmigo mismo para
tratar de llegar a un resultado, no sé si lo comprende o no.
- ¿Por qué ha escogido el título de Deshoras para
este libro?
- Una buena pregunta, sólo que hago la observación al paso de que el primer cuento no
es un cuento, se llama epílogo de cuento. Es lo que me sucedió exactamente tal cual, y
no está contado como un cuento sino como un documento privado.
Yendo al título de Deshoras, siempre que reúno siete, ocho o nueve cuentos
para un volumen se me plantea el problema del título; me gusta, siempre que puedo, que el
título de alguno de los cuentos que están en el libro sirva para la totalidad. A veces
se puede y a veces no. Porque ese título tiene que resumir la atmósfera general del
libro, y en este caso creo que Deshoras es con esa noción que tiene la palabra,
que yo la uso un poco insólitamente en plural, porque en general se dice "llegar a
deshora", por ejemplo. Y yo la separo de la frase hecha, y la pongo en plural porque
me parece que los ocho cuentos del libro, de alguna manera, todos son "encuentros a
deshora", hay pasos así, en que el destino se juega un poco, porque hay un desajuste
entre la realidad y los personajes.
- ¿Interviene en este libro el tema del juego?, ¿el
"juego" del escritor con lo que escribe, y el juego con el lector?
- Bueno, sí, desde luego que interviene, porque todos los elementos de juego, pero
entendido seriamente, son una constante en la mayoría de las cosas que llevo hechas, y
aquí el juego es bastante explícito. Por ejemplo, en ese cuento que se llama Satarsa,
el personaje trata de ver lo que está sucediendo y lo que le puede suceder a través de
juegos de palabras, eso no parece muy serio, pero usted sabe que la magia de las palabras
es una de las formas que se cultivan desde la más alta antigüedad, y entonces ahí hay
una referencia muy directa a uno de los grandes juegos que ha jugado siempre el hombre, a
través de la Kábala por ejemplo, y a través de todas las posibilidades de adivinación,
a través del idioma y por medio del idioma. Hay un viejo juego, que yo sigo practicando
con resultados que me asombran, que es lo que alguien llamó la "poetomancia". O
sea, tomar un libro de poemas, cualquier libro de poemas, cerrar los ojos, abrirlos y
poner el dedo en un verso y leer ese verso; es impresionante la cantidad de eveces que en
mi caso, el verso en el que caigo me ilumina un futuro inmediato o me aclara un pasado o
me muestra cuál es mi presente, entonces ¡cómo no creer en el poder del lenguaje!
cuando ese simple juego se vuelve una cosa seria.
é
- Usted habla en su último relato de la "cosquilla del
cuento". ¿Suele traerle ya esa "cosquilla", la manera de hacer cuentos?
- Puedo contestar afirmativamente a eso, sí, porque, claro, es más que una
"cosquilla", es...
- ¿La "manera" o la "estructura"?
- Bueno, tal vez estamos hablando de la misma cosa, porque la estructura no puede ser
una estructura si no contiene una opción previa sobre la forma en que se va a construir
el cuento; y en general, la noción general del cuento, el tema en "grosso
modo", en mí viene acompañado ya de la forma en que tengo que hacerlo. Es decir, yo
sé automáticamente cuando me pongo a la máquina que tengo una idea general de un cuento
que me obsesiona, esa es la "cosquilla", que me obliga a escribirlo; pero
también sé, sin poder dar ninguna explicación racional, si ese cuento lo voy a escribir
en primera persona o en tercera. Eso lo sé, lo sé sin razones, sé perfectamente que voy
a empezar a hablar de mi "yo", o bien voy a empezar a hablar de algún punto o
algún tema. Y eso no tiene explicación, eso se da así.
- ¿Le plantean muchos problemas los llamados "finales
perfectamente cerrados" en los relatos breves? Y, ¿cuándo rompe la norma?
- Por lo que a mí se refiere, la idea que yo me hago del cuento y la forma en que lo
realizo es siempre un orden muy cerrado. Por ahí he escrito que para mí un cuento evoca
la idea de la esfera, es decir, la esfera, esa forma geométriva perfecta en la que un
punto puede separarse de la superficie total, de la misma manera que una novela la veo con
un orden muy abierto, donde las posibilidades de bifurcar y entrar en nuevos campos son
ilimitadas. La novela es un campo abierto verdaderamente; para mí, un cuento, tal como yo
lo concibo y tal como a mí me gusta, tiene límites y, claro, son límites muy exigentes,
porque son implacables; bastaría que una frase o una palabra se saliera de ese límite,
para que en mi opinión el cuento se viniera abajo. Y he visto muchos cuentos venirse
abajo por eso, por destruirlo todo en el último momento, por ejemplo, con una tentativa
de explicación de un misterio, cuando el misterio era más que suficiente en el cuento,
cada uno podría encontrar allí su propia lectura, su propia interpretación. Hay gente
que malogra cuentos, poniéndolos excesivamente explícitos, entonces la esfera se rompe,
deja de ser el orden cerrado.
- ¿Qué es un cuento para usted?
- Yo creo que nadie ha definido hasta hoy un cuento de manera satisfactoria, cada
escritor tiene su propia idea del cuento. En mi caso, el cuento es un relato en en el que
lo que interesa es una cierta tensión, una cierta capacidad de atrapar al lector y
llevarlo de una manera que podemos calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia
un final. Aunque parezca broma, un cuento es como andar en bicicleta, mientras se mantiene
la velocidad el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te
caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el
lector.
- Estos ocho cuentos, ¿cómo podrían clasificarse de alguna
manera?
- Me parece a mí que hay dos tipos de cuentos bastante diferenciados. Algunos en donde
predomina el elemento fantástico, que usted dice bien que es una constante en casi todos
los cuentos que he escrito. En otros cuentos, aunque también esté presente un factor
fantástico, lo que me ha interesado a mí directamente ha sido una referencia directa a
problemas que me angustian personalmente, a mí y a tantos más, concretamente a
conflictos que afectan al tema de América Latina en general.
- En este libro aparecen cuentos llenos de nostalgia.
- Tal vez para un escritor la única manera de combatir ciertas nostalgias es
escribiendo y, naturalmente, la nostalgia se abre paso en el tema del cuento y en todo el
cuento, pero en estos de Deshoras yo creo que hay algo más que nostalgias. Hay
denuncia, hay protesta y hay combate por lo que sucede en la Argentina, es decir, un clima
de opresión, un clima de miedo, de desapariciones y de asesinatos, todo eso se refleja
con bastante claridad, por lo menos, en uno de los cuentos.
- ¿Prima más la preocupación por temas políticos que por
los literarios?
- No. Depende de los momentos. La literatura es mi vocación, y lo que usted califica
de política es una labor de interés militante. Mi vocación profunda es la literatura,
pero yo no quisiera alejarme del todo del tema de Nicaragua sin decir que me parece que
este es el momento que más que nunca Nicaragua necesita de la solidaridad de todos los
pueblos que a su vez están luchando por una base social, como es concretamente el caso de
este país. Tengo la impresión de que los intelectuales españoles y que todo el mundo en
España puede hacer mucho más en el plano de la solidaridad con un país como Nicaragua.
Estoy seguro de que lo van a hacer.
- Hay un cuento suyo en su libro Deshoras que da la
impresión de acercarse más a un ejercicio de experimentación. ¿Cómo clasificaría
usted este relato?
- Bueno, es un experimento para ver si frente al problema de no encontrar un camino
para escribir un cuento -al describir esas dificultades en forma de Diario (es decir,
todos los problemas del escritor que no encuentra el camino)-, el cuento queda atrapado
dentro del Diario. Digamos que puede haber un cierto elemento de trampa en eso, puesto que
yo tenía conciencia de lo que estaba haciendo, pero soy muy sincero cuando digo que nunca
hubiera podido escribir ese cuento directamente como un cuento, tuve que dar vueltas en
torno a él, mirándolo por todos lados y hablando continuamente de los problemas que me
impedían escribirlo, y sucedió que al ir haciendo eso, el cuento se fue armando por
dentro, bueno, eso es si usted quiere, la experiencia. Espero que el lector la sienta como
tal y le agrade.
- En este momento, en 1983, tras haber escrito numerosos
libros de cuentos, ¿cree usted que existe actualmente una evolución en la forma de
contar o bien prosigue con los caminos ya iniciados anteriormente?
- No lo sé a ciencia cierta. Por un lado me doy cuenta de que con los años y por el
hecho, quizás, de haber escrito ya tantos cuentos, estoy trabajando de una manera más
seca, más sintética. Me doy cuenta al escribir que cada vez elimino más elementos, no
diré de adorno, pero sí elementos de estilo que al comienzo de mi trabajo se hacían
ver, se hacían sentir, y que tal vez le daban más follaje, más avia a los cuentos;
algún crítico me ha señalado que estoy escribiendo de una manera muy seca, con lo que
quiere decir, demasiado seca; no creo que sea demasiado. Tengo la impresión de que he
llegado a un momento en que digo lo que quiero decir y no necesito agregar una sola
palabra más. Tengo la impresión también de que los lectores actuales, los lectores que
ahora se interesan por la literatura, sobre todo por la latinoamericana, están altamente
capacitados para seguir ese estilo, ya no necesitan el floripondio romántico ni el
desborde de tipo barroco. Yo creo que el mensaje puede llegar directamente y con toda
intensidad, con lo cual no quiero decir que mi manera de escribir sea la única que me
parece válida, muy al contrario. Pero desde luego hay una evolución, espero que los
críticos no digan que es una involución, pero no me toca a mí saberlo.
- ¿El título de Deshoras lo ha escogido usted por
algún motivo peculiar?
- Es el problema de encontrarle un título coherente a un volumen de cuentos, puesto
que los cuentos son siempre tan diferentes entre sí; en este caso el cuento que se llama Deshoras
hace una referencia, la palabra lo está indicando, al hecho de una no coincidencia en el
tiempo, destinos que pasan uno al lado del otro sin encontrarse, sin juntarse, y los ocho
cuentos de este libro, cada uno a su manera, están mostrando ese tipo de desajuste, de
falta de armonía en una determinada situación; entonces me pareció que el título Deshoras
se aplicaba bien al libro.
é
por José Julio Perlado, Profesor Titular - Facultad de Ciencias de la
Información-Madrid.
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