Capítulo III -Nuestros deseos van más allá de nosotros mismos
Ensayos de Michel de Montaigne
(Texto de acuerdo con la edición municipal de Burdeos.)
Libro I Capítulo III
NUESTROS DESEOS VAN MAS ALLA DE
NOSOTROS MISMOS
[B] Quienes acusan a los hombres de estar siempre pendientes de las cosas futuras, y nos enseñan a apoderarnos de los bienes presentes y a mantenernos tranquilos en esta posesión, ya que no podemos ejercer ningún poder sobre lo que vendrá, incluso aún menos que sobre lo pasado, ponen el dedo en el más común de los errores humanos, siempre y cuando se pueda llamar error algo a lo que la misma naturaleza nos encamina para favorecer la continuación de su obra, [C] produciendo en nosotros,con mayor cuidado de nuestras acciones que de nuestro conocimiento, esta falsa imaginación entre tantas otras.
[B] Siempre estamos más allá, nunca estamos en nosotros mismos. El temor, el deseo, la esperanza, nos impulsan hacia el futuro, y nos esconden el sentimiento y la consideración de lo que es, para distraernos con lo que será, incluso en un tiempo en el que ya no existiremos.
[C]Calomitosus est animus futuri anxius.
(Séneca, Epístola 98: "Desgraciada es la mente preocupada por el futuro".)
Este gran precepto es invocado a menudo en las páginas de Platón: "lleva a cabo tus tareas y conócete a tí mismo". Las dos cosas constituyen la totalidad de nuestro deber y cada una de ellas presupone la otra. Quien debe cumplir con su deber verá que su primera lección es conocer lo que él es y aquello que le es propio. Y quien se conoce no tomará por propio lo que no le concierne: por sobre todo se amará a sí mismo y cultivará su espíritu, rechazará las ocupaciones superfluas y evitará los pensamientos y los juicios inútiles.
Ut stultitia etsi adepta est quod concupivit nunquam se tamen satis consecutam putat: sic sapientia semper eo contenta est quod adest, neque eam unquam sui poenitet.
(Cicerón, Tusculanas, libro V, capítulo 18: "la locura, incluso si se le otorgase lo que desea no estaría satisfecha, pero la sabiduría disfruta de lo que tiene y no esta descontenta de sí misma".)
Epicuro dispensa al sabio que sigue sus ideas de la inquietud y de la previsión del porvenir.
[B] Entre las leyes que incumben a los que han muerto, me parece muy sólida la que prescribe que las acciones de los monarcas sean examinadas luego de su muerte. Estos son los iguales, cuando no los señores, de la ley; es razonable pues que el poder que la Justicia no tuvo sobre sus personas, lo posea sobre su reputación y sobre los bienes de sus sucesores: cosas que, con frecuencia, preferimos a la vida misma. Es una costumbre que procura singulares ventajas a los pueblos que la respetan, y que conviene a todos los buenos soberanos [C] que lamentan que su memoria reciba el mismo trato que la de los malvados. El acatamiento y la obediencia son debidos a todo rey, ya que que es lo que corresponde a su función; pero la estima y el afecto solamente los debemos a su virtud. Padezcamos pacientemente, por el orden político, a los monarcas indignos, ocultemos sus defectos, alabemos sus acciones indiferentes mientras su autoridad necesita de nuestro apoyo. Pero, una vez terminada nuestra relación, no hay razón para negarles a la justicia y a nuestra libertad la expresión de nuestros verdaderos sentimientos, ni, sobre todo, para negar a los buenos súbditos la gloria de haber servido, con reverencia y fidelidad, a un señor cuyos defectos eran bien conocidos, lo cual privaría a la posteridad de un ejemplo muy útil. Y quienes, a causa de una amistad personal, abrazan injustamente la memoria de un soberano indigno de elogio, ejercen una justicia individual a expensas de la justicia pública. Tito Livio dice con razón que el lenguaje de los hombres educados bajo una monarquía está, siempre, repleto de locas ostentaciones y de vanos testimonios, rivalizando unos con otros para elevar a su rey al más alto grado de valía y de extrema grandeza.
Podemos reprobar la magnanimidad de esos dos soldados que le respondieron a Nerón en su propia cara. Habiendo Nerón preguntado a uno de ellos la causa por la cual éste quería perjudicarlo: "Te amaba cuando lo merecías, pero después que te has vuelto parricida, incendiario, malabarista, cochero, te detesto tanto como lo mereces". El otro, habiéndole preguntado por qué quería matarlo: "Porque no encuentro otro remedio a tus continuas maldades". Pero los públicos y universales testimonios que han sido dados después de su muerte y para siempre de su comportamiento vil y tiránico, ¿quén podría, en su sano juicio, reprobarlos?
Me desagrada que a una organización política tan perfecta como la lacedemonia se mezclase una ceremonia tan falsa. Al morir los reyes, todos los confederados y vecinos, todos los ilotas, hombres y mujeres, sin distinción, se cortaban la frente como manifestación de duelo y decían, en sus gritos y lamentaciones, que aquél, sin importar como hubiese sido, había sido el mejor rey de todos los suyos: atribuyendo al rango la alabanza que corresponde al mérito, y que corresponde al primer mérito así se encuentre en el más alejado y último rango. Aristóteles, que en todo se interesa, se interroga, respecto a la frase de Solón que dice que nadie antes de su muerte puede ser llamado feliz, si aquel que ha vivido y muerto correctamente, puede ser llamado feliz cuando carece de prestigio y su descendencia es desgraciada. Mientras nos movemos, nuestros pensamientos nos llevan anticipadamente allí donde nos place, pero estando fuera de la existencia no tenemos ningún trato con lo que es. Y lo mejor sería decirle a Solón que el hombre no es nunca feliz puesto que lo es cuando ya no existe.
[B] Quiscam
Vix radicitus e vita se tollit, et ejicit:
Sed facit esse sui quiddam super inscius ipse,
Nec removet satis a projecto corpore sese, et vindicat.
(Lucrecio, De natura rerum, canto III: "Cada uno se arranca con dolor de la vida hasta la raíz, pero, incluso sin saberlo, se imagina que una parte de sí mismo le sobrevive; y no puede deshacerse y liberarse completamente de su cuerpo vencido por la muerte". Los versos de Lucrecio han sido modificados por Montaigne.)
[A] Bertrand du Guesclin murió durante el sitio del castillo de Rangón en los alrededores de Puy en Auvernia. Los sitiados habiéndose rendido después, fueron obligados a depositar las llaves del lugar sobre el cuerpo del difunto.
Bartolommeo da Alviana, general del ejército de los venecianos, murió a su servicio durante las guerras de Brescia, y como el cuerpo tenía que atravesar el Venovesado, tierra enemiga, para llegar a Venecia, la mayor parte del ejército pensaba que se debía pedir un salvoconducto para atravesar Verona. Pero Teodoro Trivulcio no estuvo de acuerdo y prefirió pasar por la fuerza, incluso si se corría el riesgo de una batalla: "No siendo digno, decía, que aquel que en vida nunca temió a sus enemigos, muerto, diese muestras de temerlos."
[B] En verdad, en algo parecido, las leyes griegas instituían que aquel que pedía un cuerpo al enemigo a fin de inhumarlo, renunciase a la victoria, no siéndole posible erigir un monumento conmemorativo. Para el enemigo, en cambio, la situación era un título de victoria. Así fue como perdió Nicias la amplia ventaja que había ganado sobre los corintios. Y, por el contrario, Agesilao aseguró de esta forma la dudosa victoria que había obtenido sobre los beocios.
[A] Se podría encontrar extraños estos actos sino estubiese establecido desde siempre, no solamente prolongar el cuidado que tenemos de nosotros mismos más allá de esta vida, más aún la creencia de que, muy a menudo, los favores celestes nos acompañan a la tumba y se prolongan a nuestros restos. De lo cual hay tantos ejemplos antiguos, dejando aparte los nuestros, que no es necesario extenderme. Eduardo I, rey de Inglaterra, habiendo experimentado durante las largas guerras entre él y Roberto, rey de Escocia, hasta que punto su presencia favorecía su empresa, otorgándole la victoria en todo aquello que emprendía personalmente, muriendo, obligó a su hijo, por medio de un juramento solemne, a que luego de su muerte hiciese hervir su cuerpo para desprender la carne de los huesos, enterrase aquella y guardase los huesos y los llevase junto con él y con su ejército todas las veces que tuviese que ir a la guerra contra los escoceses. Como si el destino hubiese ligado inevitablemente la victoria a sus miembros.
[B] Juan Ziska que turbó la paz en Bohemia para defender los errores de Wiclef, quiso que lo despellejasen después de su muerte y que con su piel se hiciese un tamboril para ser llevado a la guerra contra sus enemigos, estimando que esto prolongaría las ventajas obtenidas en las guerras que el había conducido contra ellos. Así era como algunos indios llevaban al combate contra los españoles el esqueleto de uno de sus capitanes en consideración de la buena suerte que había tenido en vida. Y otros pueblos de ese mismo mundo arrastran a la guerra los cuerpos de los hombres valientes que han muerto en sus batallas para que les sirvan de empuje y de buena fortuna.
[A] Los primeros ejemplos reservan a la tumba solamente la reputación adquirida por las acciones pasadas, pero estos últimos pretenden aún conferirle la facultad de actuar. El caso del capitán Bayard es más presentable, el cual sintiéndose herido de muerte de un tiro de arcabuz en el cuerpo, habiéndosele aconsejado dejar la batalla, respondió que de ninguna manera comenzaría al final de su vida a darle la espalda al enemigo; y habiendo combatido tanto como le duraron las fuerzas, sintiéndose desfallecer y no pudiéndose sostener a caballo, ordenó a su mayordomo que lo acostase al pie de un árbol pero que fuese de tal manera que pudiese morir con el rostro vuelto hacia el enemigo, cosa que hizo.
Me es necesario agregar este otro ejemplo, más notable desde este punto de vista que todos los precedentes. El emperador Maximiliano, bisabuelo del rey Felipe que hoy gobierna, era un príncipe dotado para todo de grandes cualidades, y entre otras de una belleza física singular. Pero entre sus características, estaba ésta, bien diferente de la conducta de los príncipes que para despachar los asuntos más importantes transforman en un trono su retrete: nunca hubo ayuda de cámara por íntimo que fuese a quien le haya permitido verlo en el excusado. Se ocultaba para orinar, tan escrupuloso como una doncella cuando se trataba de ocultar al médico o a quien fuese las partes que solemos mantener ocultas. [B] Yo que tengo la boca tan desvergonzada padezco sin embargo, por naturaleza, de tamaño pudor. Si no es por gran persuasión de la necesidad o de la voluptuosidad, apenas muestro a las miradas ajenas los miembros y acciones que nuestra costumbre ordena mantener cubiertos. Con lo cual sufro más limitaciones que las que estimo convenientes en un hombre y, sobre todo, en un hombre de mi profesión. Pero él llegó [A] a tal grado de superstición que ordenó con palabras explícitas en su testamento que le pusiesen calzones una vez muerto. Y además tendría que haber agregado en un codicilo que el que se los pusiese tuviese los ojos vendados.
[C] La orden que Ciro da a sus hijos que ni ellos ni nadie vean y toquen su cuerpo después que el alma se haya separado de él, la atribuyo a alguna devoción suya particular. Ya que su historiador y él mismo, entre sus grandes cualidades han sembrado en todo el curso de sus vidas un cuidado singular y la reverencia de la religión.
[B] Este cuento que un grande me hizo de unos de mis parientes políticos, hombre bastante conocido tanto en la paz como en la guerra, me desagradó. Muriendo muy viejo en su corte, atormentado por los dolores extremos de la piedra, desperdició sus últimas horas en disponer, con cuidado vehemente, los honores y la ceremonia de su entierro y conminó a toda la nobleza que lo visitaba a darle su palabra de asistir a su cortejo fúnebre. A este mismo príncipe que lo vio en sus últimos momentos, le suplicó insistentemente que ordenase a toda su casa asistir al sepelio, empleando varios ejemplos y razones para probarle que era lo que correspondía a un hombre de su clase, y pareció morir contento habiendo obtenido esta promesa y ordenado según su voluntad la distribución y el orden de las suntuosas ceremonias. Casi no he visto vanidad tan persistente.
Este cuidado contrario, del cual tampoco carezco de ejemplos familiares, me parece ser pariente próximo de aquel, ocuparse de sí mismo y atormentarse hasta el punto de restringir su sepelio, con parcimonia minuciosa e inhabitual, a un servidor y a una lámpara.
Veo que esta actitud es ensalzada, y la disposición de Marco Emilio Lépido que prohibió a sus herederos emplear para él las ceremonias que la costumbre imponía en tales cosas. ¿Es, acaso, moderación y sobriedad evitar el gasto y el placer cuyo uso y conocimiento nos son imperceptibles? He aquí un cambio de conducta cómodo y que cuesta poco. [C] Si en esto fuese necesario tomar disposiciones es mi opinión que cada uno, como para todas las acciones de la vida, aplique la regla de acuerdo con su condición social. Y el filósofo Licón ordena sabiamente a sus amigos poner su cuerpo donde mejor les parezca, y en cuanto a las exequias que éstas no sean ni superfluas ni mezquinas. [B] Yo dejaré simplemente que la costumbre se encargue de esta ceremonia, y tendré confianza en el criterio [C] del primero a quien incumba esta carga. "Totus hic locus est contemnendus in nobis, non negligendus in nostris." (Cicerón, Tusculanas, 1, XLV: "Todo esto es un cuidado desdeñable para nosotros mismos, pero que no debemos descuidar para los nuestros".) Y santamente ha sido dicho por un santo: "Curatio funeris, conditio sepulturae, pompa exequiarum magis sunt vivorum solatia quam subsidia mortuorum". (San Agustín, La ciudad de Dios, libro 1: "El cuidado de los funerales, la elección de la sepultura, la pompa de las exequias son más que nada consolaciones para los vivos antes que ayuda para los muertos".) Sin embargo, Sócrates a Critón que en la hora final le pregunta como quiere ser enterrado: "Como ustedes quieran", responde. [B] Si tuviese que preocuparme aún más de todo esto, me parecería más astuto imitar a quienes comienzan, viviendo y respirando, a gozar del orden y honor de su sepultura y que disfrutan viendo en mármol su muerta actitud. Felices los que saben alegrar y complacer sus sentidos con la insensibilidad, y vivir de su muerte.
[B] Apenas si me es necesario poco más para entrar en un odio irreconciliable contra toda dominación popular, a pesar de que me parezca la más natural y equitativa, cuando recuerdo esa injusticia inhumana del pueblo ateniense de condenar a muerte sin posibilidad de perdón y sin siquiera querer escuchar su defensa a esos bravos capitanes que acababan de ganar contra los lacedemonios la batalla naval cerca de las islas Arginusas, la más disputada, la más dura batalla que los griegos jamás hayan dado con sus fuerzas en el mar, porque luego de la victoria habían seguido las oportunidades que la ley de la guerra les presentaba, antes que detenerse a recoger e inhumar a sus muertos. Y el ejemplo de Diomedón vuelve esta ejecución aún más odiosa. Este es uno de los condenados, hombre de notable virtud, militar y política, quien adelantándose para hablar, luego de haber escuchado la sentencia de su condena, y encontrando sólo entonces el momento de ser escuchado serenamente, en lugar de tratar de sacar provecho para su causa y de poner de manifiesto la evidente injusticia de una decisión tan cruel, no se preocupó sino de la preservación de sus jueces, rogando a los dioses que esa sentencia les fuese benéfica; y advirtió a los jueces cuales eran las promesas que él y sus compañeros habían hecho a los dioses en reconocimiento de tan ilustre fortuna, a fin de evitar que, quedando incumplidas, estos no atrayesen sobre sí mismos la ira divina. Y sin decir nada más, sin súplicas, se encaminó de inmediato, valientemente, hacia el suplicio.
La fortuna, algunos años después, los castigó de la misma manera. Ya que Cabrias, capitán general de la escuadra de los atenienses, habiendo vencido en el combate contra Polis, almirante de Esparta, en la isla de Naxos, perdió el fruto neto y contante de su victoria, muy importante para los asuntos de Atenas, para no incurrir en la desgracia de aquel ejemplo. Y para no perder los pocos cuerpos muertos de sus amigos que flotaban en el mar, dejó navegar a salvo un mundo de enemigos vivos quienes, más tarde, les hicieron pagar con creces esta inoportuna superstición.
Quaeris quo jaceas post obitum loco?
Quo non nata jacent.
(Séneca, Las troyanas, acto II: "¿Quieres saber dónde estarás después de tu muerte? Donde están aquellos que aún no han nacido.")
Este otro le otorga la sensación del reposo a un cuerpo sin alma:
Neque sepulchrum quo recipiat, habeat portum corporis,
Ubi, remissa humana vita, corpus requiescat a malis
(Ennius citado por Cicerón en las Tusculanas, I: "Que no haya tumba para recibirlo, que no haya puerto donde, descargado del peso de la vida humana, su cuerpo descanse en paz.")
De la misma manera la naturaleza nos hace ver que muchas cosas muertas mantienen relaciones ocultas con la vida. El vino se altera en las bodegas siguiendo los cambios de las épocas de la viña de la cual proviene. Y la carne de caza cambia de estado en los saladeros y de sabor, según las leyes de la carne viva, según dicen.
(Traducción: Miguel Frontán)
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